El color de los vinos

Publicado por: Cristina Forner - Sin Comentarios

Cuando mi padre llegó a Rioja, a finales de la década de los sesenta del siglo pasado, la gran mayoría de los vinos tintos respondían  a un patrón similar: vinos ligeros, con largas crianzas, poca presencia de fruta y abiertos de color (evolucionados). Fuerte de su experiencia adquirida en las propiedades de la familia en Burdeos, Château Larose Trintaudon y Château Camensac, la Bodega Marqués de Cáceres creó una nueva escuela inspirada de su larga trayectoria profesional para extraer las mejores características de los terroirs de su zona. Manteniendo el respeto a la tradición y a las categorías crianza, reserva y gran reserva, mi padre lanzó una gama de vinos con mayor presencia de fruta, resultado esencial de una rigurosa selección de  uvas, de una vinificación adaptada a las diferentes parcelas y de una crianza en el mejor roble francés. Los tintos así elaborados tienen un color profundo y una fruta rica que se funde a unos toques especiados.

A mediados de los ochenta, nuevas generaciones de enólogos y bodegueros profundizaron su búsqueda innovadora para responder a tendencias marcadas hacía vinos más intensos, más ‘modernos’, y ahí estuvo también Marqués de Cáceres con el lanzamiento de nuestro Gaudium con la añada de 1994 . Posteriormente, seguramente por la influencia de prescriptores como Robert Parker, más proclive a vinos tintos muy potentes y estructurados, la viticultura y la enología española empezaron a declinar estilos de vinos excesivamente concentrados  bastante distanciados del vino de placer que apetece disfrutar por su carácter refrescante y esa amabilidad y elegancia que arrojan distinción a un vino singular.

Esto dicho, pretendo mostrar que el color de los vinos también está sujeto a las modas y tendencias y que es un factor fundamental para conocer qué tipo de vino vamos a beber. En este sentido, el color nos dirá, en primer lugar, si estamos ante un vino ‘sano’, es decir, sin defectos. Para ello, debe ser claro, transparente y brillante, sin sedimentos ni turbidez alguna (es lo que se llama limpidez). Aprovecho para precisar que un vino de añadas antiguas puede presentar algún pozo, resultado natural de su larga estancia en botella, razón por la cual conviene decantarlo. El color es también un indicador de la edad y de la evolución del vino: cuanta más diferencia de color existe entre el centro de la copa y el borde es que tenemos un vino más evolucionado. Normalmente, los blancos evolucionan diferentemente a los tintos: con el tiempo estos últimos se aclaran hacía capas más atejadas cuando los blancos se oscurecen de oro tirando a marrón. Los tintos descubren paletas más diferenciadas que van desde el rojo violáceo, rojo púrpura, cardenalicio, cereza, rubí, teja, marrón…diferentes tonalidades que podemos encontrar según la edad del vino, maduraciones de la uva, vinificaciones con maceraciones más o menos prolongadas, paso en barrica que cambia las tonalidades violáceas hacia colores rubís profundo. Todo un mundo cautivador que muchas veces nos hace decir que el vino es como un ser vivo. Nace, vive y evoluciona con el paso del tiempo, ello interviene en los aromas, el color y el sabor.

La virtud de un gran vino es el equilibrio que ofrece entre su expresión y su elegancia. Ni un vino es necesariamente mejor por una  mayor intensidad colorante ni tampoco es peor si presenta cierta evolución después de varios años de crianza en barrica y en botella. Son estilos diferentes, me gusta decir que es como un ser educado: un gran vino tiene que saber estar, entrar paso a paso, revelar su carácter sin atosigar y crear unanimidad en su entorno. Como ven, un gran programa que trabajamos día a día para que cada uno de nuestros vinos sea de su agrado.

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